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La última victoria de Osama.

May 12, 2011

Para Estados Unidos era importante acabar con Osama bin Laden. Ello “vivo o muerto” como lo dijo en su momento el Presidente George W. Bush, aludiendo a un típico cartel de búsqueda de los forajidos del antiguo lejano oeste. La mera existencia del líder de Al Qaeda era un reto frontal al  aparato militar estadounidense y en especial a sus servicios de inteligencia. A fin de cuentas el país cuenta con 18 agencias que consumen decenas de miles de millones de dólares. En consecuencia no dar, por diez años, con el inspirador del mayor ataque perpetrado en territorio estadounidense era una inaceptable señal  de ineficiencia.

Los detalles sobre lo ocurrido en Abbottabad siguen cubiertos por la niebla. Las versiones del desenlace aún admiten cambios. Ahora desde Washington  se afirma que bin Laden jugaba un papel operativo clave.  Si ese era el caso resulta contraintuitivo, como está de moda decir cuando algo no calza,  que lo mataran en circunstancias que, según la narrativa oficial, estaba desarmado y no tenía posibilidades de huir pues carecía de una guardia que le cubriera la retirada. Osama era una mina de información. El conocía a muchos de los “árabes afganos”, como se llamó a los voluntarios provenientes de países árabes que combatieron junto a los muyahadin contra los soviéticos en Afganistán a lo largo de los 80. El conocía las redes y, muy importante, era un experto en todo el montaje logístico y financiero de las dispersas redes  yihadistas. Aquellos dispuestos a morir por una interpretación sectaria y fanática del Islam. En consecuencia surge la pregunta intuitiva si acaso no hubiese tenido más sentido, desde la óptica de desarticular dichas redes, haber interrogado a bin Laden. Así sus captores habrían contado con más elementos para desmantelar una organización que ya estaba debilitada y con decreciente convocatoria. 

El proceder norteamericano para  matar a Bin Laden recuerda el operativo colombiano en territorio ecuatoriano, en marzo de 2008,  para acabar con Raúl Reyes el “canciller” de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). El hecho desató una agria polémica y una amplia condena por el proceder de Bogotá.  Por su parte Yusuf Raza Gilani, el Primer Ministro paquistaní,  dijo en un discurso ante el parlamento de su país que las fuerzas armadas están preparadas y dispuestas para repeler  una nueva incursión que trasgreda la soberanía de su país.  Es un secreto a voces que el gobierno paquistaní ha permitido los ataques de aviones no tripulados, los “drones” ,  contra  los talibanes que buscan refugio en Pakistán. De tanto en tanto Islamabad protesta sin convicción   ante Washington  y los bombardeos continúan. En esta oportunidad la advertencia no está dirigida a la Casa Blanca sino que a India, país en el que me encontraba en el momento del incidente. El gobierno indio acusa, desde hace décadas, a su vecino de albergar grupos terroristas e instrumentalizarlos para fines de su política exterior. La prensa india es unánime en acusar a Islamabad por la protección brindada al fallecido jefe de la  organización terrorista. Este no solo  atacó a occidente sino que también cometió innumerables y mortíferos atentados contra árabes chiítas a los cuales consideraba infieles.

En India de inmediato se alzaron voces que aplaudieron la operación de comandos de Estados Unidos. Señalaron que ese era el camino para derrotar al terrorismo. Combatir al fuego con fuego. Los terroristas no respetan fronteras ni soberanías. Entonces los estados víctimas de los ataques tampoco deben restringirse. Sectores nacionalistas indios piden que se ataque a los enemigos en sus “madrigueras” amparados por sus históricos rivales.

 La respuesta ante esta espiral es simple: está muy mal que los caníbales coman a un sacerdote. Pero es inconcebible que los sacerdotes se coman a un caníbal. Los que luchan por la democracia y el estado de derecho deben predicar con el ejemplo. Los que quieren construir un orden  regido por principios de convivencia y leyes  de respeto a las normas internacionales no pueden borrar con el codo lo que predican en los foros mundiales. Nuevos ataques  como el ejecutado por Washington quebrantarán aún más las soberanías nacionales. Esto ampliaría los espacios de los grupos terroristas que operan a escala global.  Semejante escenario sería, sin duda, la última victoria de Osama bin Laden.

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