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Strauss-Kahn y el nuevo orden económico.

May 20, 2011

La violenta caída Dominique Strauss-Kahn  desde el Olimpo financiero y de la cúspide política francesa  esconde aún muchas incógnitas. Será labor de la justicia estadounidense aclararlas. Pero sea cual sea su culpabilidad en su rodada ha arrastrado al organismo que encabezaba: el Fondo Monetario Internacional  (FMI). Los amigos del humor negro señalan que el presunto comportamineto del imputado, acusado de violación de una mucama,  equivalía  al trato que el organismo brindaba a los países que estaban forzados a solicitar su ayuda.  Con ello  aluden a los tristemente famosos Programas de Ajustes Estructurales (PAE).

Los PAE  son pautas universales, que no discriminan entre países con realidades muy diversas, que obligan a los estados acreedores a recortar el gasto público en rubros como salud y educación. Uno de los primeros requisitos es acabar con subsidios que  suelen favorecer a los sectores más necesitados. Pero no tocan los presupuestos de defensa pues en muchos casos las fuerzas armadas son un resguardo esencial para mantener  a raya a los perjudicados por los propios PAE. Otra receta clave son las privatizaciones y la desregulaciones.  El FMI es el epitome de la aplicación de políticas macroeconómicas desligadas de toda sensibilidad social. Su meta es revertir una crisis económica sin contemplación a las consecuencias políticas. De allí el chiste de un ministro de Hacienda que informa al Presidente: “Le tengo una buena y una mala noticia”. “Dígame la buena” pide el mandatario. “Pagamos toda la deuda externa” replica el ministro.  “¿Y la mala?”inquiere el gobernante.  “Nos dieron un golpe de Estado”. Los PAE comenzaron a aplicarse en la década de los 80 y en el mundo pasaron a ser conocidos también como “el consenso de Washington”. De consenso no tenía nada ya que era un acuerdo entre la banca, la empresa privada y la elite política estadounidense para aplicar una conducción económica neoliberal. La amarga medicina fue aplicada a destajo  por el FMI a lo largo del Tercer Mundo y los estados que constituyeron el campo socialista.

Desde hace varios años  países emergentes reclaman una nueva arquitectura financiera internacional.  Buscan acabar con la actual división de poder en los organismos financieros multilaterales. La presidencia del  Banco Mundial es para Estados Unidos y la del FMI para un europeo. Ambas instituciones  surgieron en la Conferencia de Bretton Woods en 1944 y desde entonces se mantiene la absoluta primacía occidental. En reuniones recientes del Grupo de los 20 (G-20) que incluye a Brasil, Argentina, China e India se ha planteado que ya es hora que los europeos abran paso a otros.  Pero en las circunstancias actuales en que la Unión Europea (UE) se sirve al máximo del FMI, para sacar a algunos de sus países miembros de la bancarrota, es improbable que suelten el volante. Los votos son proporcionales a los aportes realizados. La UE y Estados Unidos, que desea conservar la conducción del Banco Mundial, cuentan con ya con lo suficiente para asegurar la sucesión. Por el momento hay mas suspenso en saber cómo culmina el melodrama de Strauss-Kahn que en conocer quien lo reemplazará.

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