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La captura del criminal Ratko Mladic

May 31, 2011

Los genocidas no son el tipo de personas que reconocen sus crímenes. Es, precisamente, la falta de escrúpulos la que les permite dirigir las exterminaciones masivas. El recién capturado ex general serbio Ratko Mladic  calza de lleno la descripción. Bajo sus órdenes, a mediados de julio de 1995,  se ejecutó la masacre de unos 8.300 bosnios musulmanes de Bosnia y Herzegovina. En la ciudad de Srebrenica Mladic presenció los primeros fusilamientos.  La localidad estaba bajo la protección de tropas de Naciones Unidas (ONU). Los Cascos Azules, que en la circunstancias eran portados por 400 soldados holandeses, fueron conminados por el ejército bosnio serbio que comandaba Mladic a abandonar la zona. En un acto de irresponsabilidad culposa, que alcanza al conjunto de las fuerzas internacionales involucradas, por no brindar refuerzos, los efectivos de la ONU se retiraron librando a la población a su suerte.   Los soldados bosnios serbios obligaron a las mujeres y niños menores a abandonar el lugar. Muchas de ellas fueron violadas mas tarde. Los hombres fueron ejecutados sin excepciones, por su mera condición de musulmanes, para ser luego lanzados a innumerables fosas comunes.

A los horrores de Srebrenica se suman los cuatro años (1992-1996) del infame cerco a la ciudad de Sarajevo, la  capital Bosnia. La ciudad fue sometida a un metódico bombardeo de artillería y el permanente asedio de franco tiradores. Las acciones bélicas contra una población desarmada causaron unas diez mil muertes, de las cuales 1.500 fueron niños, y 56.000 heridos ente los que se contaban 15.000 menores edad.

Desde  el fin de la guerra en Bosnia, que entre 1992 y 1995 dejó más de cien mil muertos,   los países europeos pusieron como condición la captura de Mladic para el ingreso de Serbia a la Unión Europea. Durante muchos años se acusó a Belgrado de buscar a Mladic donde se sabía que no estaba. El ex general contaba con una poderosa red de protección además de apoyo popular en sectores ultranacionalistas serbios. Su arresto, aunque tardío, sienta un precedente importante de justicia. Cabe, sin embargo, preguntar hasta que punto su detención es el producto de presiones internacionales antes que la convicción de los propios serbios. La justicia que abre paso a la reconciliación debe ser vista por los bosnios musulmanes como un acto de arrepentimiento genuino. Si es percibida como una medida de mero realismo político no hará mucho por restañar las profundas heridas que se arrastran por siglos, desde las atrocidades cometidas contra los serbios durante la larga ocupación otomana. Agravadas por la colaboración de los bosnios musulmanes a las huestes fascistas italianas durante la Segunda Guerra Mundial.

A partir del despacho de Mladic, a comparecer ante el tribunal internacional en Holanda, se abre un largo capítulo. Como tantos dictadores y criminales responsables de crímenes contra la humanidad Mladic alega inocencia. Ya ha señalado que el actuaba bajo órdenes de sus superiores. Amenaza  con  contar todo lo que sabe sobre el doble estándar de las autoridades de Belgrado y de Occidente. Cabe esperar que su juicio mitigue el sufrimiento de sus víctimas y permita una relación más armónica entre las mortificadas naciones balcánicas. 

 

 

 

 

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