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Las personas antes que los árboles.

June 2, 2011

No hay nada más importante que los seres humanos y, por lo tanto, su protección merece la mayor atención. El resto, la naturaleza, los bosques, los ríos y conjunto del medio ambiente deben subordinarse al bienestar de la población. Esta ha sido la línea de pensamiento de los gobernantes chilenos.  Ahora la ha reiterado el  Presidente Sebastián Piñera, a propósito de la defensa del proyecto Hidroaysén, al señalar: “Estoy más preocupado de los chilenos, porque las personas merecen más protección que los árboles, nos preocupa mucho la protección del medio ambiente, pero nos preocupa mucho más la salud y la calidad de vida de los chilenos”.

Se  trata de una  dicotomía falsa entre medio ambiente y el desarrollo integral de la sociedad. El asunto es al revés. La mejor manera de proteger la calidad de vida de los ciudadanos es cuidar del medio ambiente. A propósito de árboles Chile ofrece uno de los ejemplos, estudiados a nivel mundial, de la cuasi extinción de una comunidad por, precisamente, destruir sus bosques. Es la triste historia de lo que hoy se conoce como “el paradigma de la Isla de Pascua”.

Originalmente Rapa Nui  fue un lugar paradisíaco en el  florecían cientos de plantas y una gran variedad de árboles. Alrededor del 400 d.C. arribó una canoa con un pequeño núcleo de polinesios. De acuerdo con su tradición, cada clan construyó su ahu, altares o plataformas  de piedra, donde adorar a sus antepasados. Se estima que los moái  comenzaron a tallarse por el año 1200. Después de labradas, en las canteras,  las enormes rocas, eran trasladadas a sus respectivos ahu. Durante mucho tiempo fue un misterio cómo lograban mover semejantes moles, hasta que las investigaciones mostraron que lo hicieron colocando troncos y tirando de cuerdas hechas de hebra tejida. Era un trabajo titánico que requería de muchos brazos y cientos de árboles para su traslado. Y así, en forma gradual, fue deforestada la isla. Comenzó una destrucción en cadena. La ausencia de árboles dio paso a la erosión causada por la lluvia y el viento. La falta de árboles alejó a las aves e insectos que los polinizaban. La muerte del bosque fue el preludio de la muerte de los hombres. Hacia el año 1500, cuando Cristóbal Colón llegaba al Caribe, fueron talados los últimos árboles. Ya no había troncos ni siquiera para construir canoas. Y sin ellas los pascuenses no podían pescar ni cazar marsopas ni emigrar a otras islas. La escasez, como suele ocurrir, precipitó los conflictos. Comenzaron una serie de guerras civiles, y en la isla de la abundancia debutó la esclavitud y el canibalismo. En los espacios abiertos aparecieron, por primera vez, las rejas para proteger las míseras pertenencias. De siete mil habitantes la población cayó en picada a algunos cientos.

 

Este capítulo de la historia de Chile ilustra el absurdo de oponer la protección del medio ambiente al desarrollo. El abuso de la naturaleza fue lo que trajo muerte y penurias a los pascuenses.  No hay desarrollo sin cuidado del medio ambiente. Los avances económicos de corto plazo muchas veces son anulados, con creces,  por las consecuencias de largo plazo de proyectos contaminantes. Allí donde mueren los bosques terminan por morir sus moradores. Los que están preocupados por la salud de los chilenos deben preocuparse, en igual medida, por los bosques porque ellos son un sustento para la salud y la calidad de vida.

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