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Crisis económica y crisis de representación política

August 5, 2011

Una paradoja: a mayores  dificultades económicas, experimentadas por los pueblos  más pronunciado es su viraje hacia gobiernos de derecha. Desde la crisis financiera, desatada en 2008,  crece el número de países regidos por partidos o coaliciones conservadoras.  Es el caso en el grueso de la Unión Europea. Hace una década los socialdemócratas y sus aliados izquierdistas gobernaban en más de la mitad de los 27 países  que la conforman. Entonces exaltaban los avances de lo que se llamó la Europa social. Un viejo continente en  que los derechos laborales y los intereses del bienestar de la población figuraban a la cabeza de la agenda. Lo social primaba por sobre lo económico. Pero en forma gradual el continente europeo cambió del rojo de los socialistas al azul de los conservadores que en algunos casos también emplean el naranja. Hoy los gobiernos socialdemócratas se pueden contar con los dedos de una mano. Y si las cosas siguen su curso actual caerá el último de los países grandes de vocación socialista que es España.

Lo mismo ocurre en Norteamérica. En Canadá fue reelegido un gobierno conservador. En Estados Unidos las últimas elecciones parlamentarias vieron un marcado giro hacia el partido republicano que ganó el control de la cámara baja. Lo de la paradoja señalada al comienzo alude en especial  al caso estadounidense pero también a otros países. En buena medida la crisis actual, que despega con la crisis financiera, es el resultado de las desregulaciones bancarias introducidas por gobiernos conservadores a partir de la década de los 80. Es curioso el razonamiento de los votantes que rechazan recortes a sus beneficios sociales pero en las urnas favorecen a los que prometen ejecutarlas.

En todo caso los gobiernos, cualquiera sea su color, caminan por una senda muy estrecha que casi no les deja espacio de maniobra. Quizás el caso más dramático, en estos momentos, es el del gobierno socialista griego que aplica draconianas medidas de ahorro público. Atenas, como otras capitales, debe encontrar la fórmula de reducir su déficit fiscal pero sin apretar el cinturón al punto de asfixiar la actividad económica del país. En este difícil tránsito queda además de manifiesto que la opinión pública ha perdido confianza en la banca y las instituciones financieras. De allí la volatilidad de los mercados.  Pero en la medida que en algunos países las deudas ya son un asunto de estado, las llamadas deudas soberanas, la desconfianza envuelve a la política. En este caso las suspicacias hacia los grupos gobernantes no han hecho más que agrandar la distancia entre una elite política y el grueso de la ciudadanía. Un fenómeno que corroe las estructuras estales y que es conocido como la crisis de representatividad.

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