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Chile: el gran apagón

September 26, 2011

La mayoría de los chilenos quedaron a oscuras el sábado. Las autoridades, como es habitual,  se  toman su tiempo para determinar la causa de un incidente que se repite con creciente frecuencia.  En todo caso cualquiera  sea el motivo ya se sabe que el modelo eléctrico nacional se ha tornado disfuncional. No cumple con los requisitos señalados por el Presidente Sebastián Piñera en su último mensaje a la nación que propone:  “Energía limpia, económica y segura”. Que la seguridad del abastecimiento cojea no merece mayores demostraciones. La electricidad que pagan los chilenos se cuenta entre las más caras de la región y duplica el precio  que pagan nuestros países vecinos.  La matriz energética está en pleno proceso de carbonización o, lo que es lo mismo, es cada vez más sucia. La luz verde dada al proyecto carbonífero de Isla Riesco es una promesa de crecientes emisiones de dióxido de carbono o CO2.  El divorcio entre las intenciones y la realidad está a la vista de todos.  Este estado de cosa no es más que la continuidad de las políticas aplicadas por los gobiernos precedentes.

Desde hace mucho el país enfrenta severos cuellos de botella que imposibilitan los flujos eléctricos entre zonas donde abunda la generación a aquellas donde escasea. La consecuencia directa  es que la región metropolitana y otras deben satisfacer la demanda con generación de plantas diesel. Es decir al precio del petróleo, el más caro de los combustibles, en circunstancia que podrían hacerlo a costo mínimo con agua.  Para todos los consumidores esto significa cuentas más onerosas.

En cuanto a la seguridad   es aplicado el criterio de lo que los tecnócratas llaman el   “costo de falla”. La electricidad en Chile es considerada  como un negocio y no un bien público y desde la perspectiva de la rentabilidad es más simple permitir los apagones. Es más barato pagar las multas, por así decirlo, que realizar las inversiones que impidan los cortes. Esto es algo que no ocurre en los países desarrollados donde se invierte en los sistemas para impedir el descalabro de dejar al país sin energía eléctrica.

Más allá del corte es imperioso  desarrollar una  agenda energética con miras a las décadas venideras.   Una  tarea urgente es avanzar en medidas de eficiencia energética que puede, por la vía del mejor aprovechamiento,  aportar un 20 por ciento del consumo del país. Es verdad que es necesario invertir para lograr semejante meta,  pero en California el costo de los programas de eficiencia fueron apenas  un cuarto de los beneficios que rindieron las inversiones. Es necesario desarrollar las redes inteligentes que permiten a pequeños productores despachar  energía de diversas fuentes de energías renovables. Es preciso desincentivar el uso de equipos, como refrigeradores,  con gasto excesivo y estimular máquinas eficientes.  Ya se ha visto que estas tareas, entre muchas otras, no serán asumidas en forma espontanea  por el mercado. El Estado debe regular los servicios eléctricos y el abastecimiento energético con la perspectiva del interés nacional y el beneficio de los usuarios. Eso significa sacar las lecciones del apagón e iniciar, en serio,  el camino para que no se repita.

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