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Colombia: las FARC sin Cano

November 8, 2011

La muerte de Alfonso Cano, el máximo líder de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), a manos del ejército es un revés enorme para los insurgentes. Y, en la misma medida, es un éxito resonante para el Presidente  Juan Manuel Santos. El mandatario colombiano ya era blanco de críticas de los sectores conservadores que percibían cierto resurgimiento de la actividad irregular. Y, claro, Santos no ha perdido tiempo en reivindicar que este es el mayor golpe asestado jamás a la guerrilla que combate desde hace seis décadas. Consciente además que el factor sicológico es determinante en todo conflicto ha dicho que Cano fue localizado gracias a información proveniente de las propias FARC. Esto último es difícil, si no imposible de verificar, pero tiene por objeto desmoralizar e inspirar inseguridad en las líneas del mando rebelde. A fin de cuentas el objetivo en todo conflicto es minar la voluntad de combate del enemigo.

Las fuerzas armadas y la policía colombiana han conseguido golpear en forma repetida a miembros del secretariado, la dirección superior de las FARC, que durante décadas fue intocable. Dada la naturaleza de los movimientos guerrilleros estos reverses son graves pero no terminales. Hay excepciones como lo fue Sendero Luminoso, en Perú, en que la caída del líder Abimael  Guzmán, en 1992,  permitió desbaratar a la casi totalidad de la organización subversiva. En Colombia, sin embargo,  la implantación guerrillera es de larga data y cuenta con una vasta experiencia de supervivencia en condiciones de extrema adversidad.

Tanto el gobierno como las FARC saben  que una victoria militar no es posible. El fin del conflicto solo  provendrá de un proceso de negociación. Pero, por sobre todo, de un cambio en las estructuras del poder en la Colombia rural o, si se prefiere, de un proceso de entrega de tierras a campesinos desposeídos. El diagnóstico de los rebeldes, contenido en el documento “El  país que proponemos construir”, señala: “En Colombia el 1,5 por ciento de los propietarios posee 80 por ciento de la tierra productiva”. Junto a la inequidad denunciada las FARC no han  olvidado la amarga experiencia de  la Unión Patriótica (UP). En 1982, el gobierno del Presidente Belisario Betancur promovió una apertura política que contemplaba una amnistía. La oferta fue bien recibida por los insurgentes y se esbozaron negociaciones que fueron muy resistidas por las fuerzas armadas. Fue un proceso con altibajos, con treguas y ofensivas, en que los adversarios tantearon el terreno. Las FARC realizaron un esfuerzo de reinserción política a través de la creación de un brazo político, la UP. El intentó fue un absoluto fracaso pues los militantes de la organización,  que incluía a guerrilleros desmovilizados, fueron asesinados en forma masiva. Elementos paramilitares y no identificados, que fue el eufemismo para aludir a militares y agentes del Estado, dieron cuenta de más de dos mil militantes de la UP.

 

El Presidente Santos ha dado señales que está dispuesto a introducir cambios profundos en el país. Acaba de disolver el Departamento Administrativo de Seguridad (DAS), la policía secreta temida por sus crímenes y violaciones a los derechos humanos y constitucionales. También ha iniciado un proceso de restitución de tierras a campesinos que debieron abandonar sus pagos por el acoso de rancheros y paramilitares. Terminar con una lucha de más de medio siglo es una tarea difícil pero, como se dice, no hay mal que dure cien años. 

 

 

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