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El drama afgano.

March 14, 2012

Un sargento del ejército estadounidense ingresó a una aldea y dio muerte a 16 afganos. El hechor sufrió una herida traumática al cerebro  años antes mientras sirvió en Irak. Pese a ello  recibió permiso para permanecer en el ejército y  ser destinado a Afganistán. A juzgar por la declaración de León Panetta, el ministro de Defensa de Estados Unidos, el asunto hay que aceptarlo como algo trágico pero  esperable: “La guerra es el infierno (una frase acuñada por el general William Sherman durante la guerra civil norteamericana). Este tipo de eventos e  incidentes  ocurrirán, han ocurrido en todas las guerras. Son eventos terribles.  Este no es el primero de estos eventos, y probablemente no será el último”.

Ya lo dice la marcha del decimonónico Séptimo de Línea aludiendo al retorno a Chile de las tropas que combatieron en el Perú: “Volverán sin ser los que partieron”.  En efecto, la guerra no es solo peligrosa para la integridad física sino que es una amenaza descomunal para la cordura de los soldados. Un estudio realizado el año pasado  muestra que cada 80 minutos se suicida un veterano de la guerra en Irak o Afganistán. Tan solo en 2009, según el estudio,   1.868 veteranos se quitaron la vida o intentaron hacerlo. Es el efecto de lo que antes se llamó “fatiga de combate” y hoy se denomina “desorden de estrés post-traumático”.  En la base de la cual provenía el sargento, cuyo nombre no ha sido divulgado,  a lo largo del año pasado se suicidaron 11 uniformados.

Desde el punto de vista político la masacre de inocentes afganos a manos de un enajenado soldado occidental es un revés mayor. En especial porque ocurre apenas tres semanas después del incidente de la quema de coranes que provocó protestas que causaron una treintena de muertes. Entonces, como ahora,  el Presidente Barack Obama ha pedido disculpas. Pero el reconocimiento de los recurrentes errores no cambia las cosas.  Después de su más larga guerra, más de diez años, Estados Unidos y Occidente no han podido imponer su orden en una nación que es famosa y temida  por su espíritu guerrero.

En la actualidad Estado Unidos tiene algo menos de 90 mil hombres desplegados en Afganistán y de ellos unos 22 mil serán retirados antes de septiembre. Los 68 mil restantes deberían hacerlo en forma gradual para fines de 2014 cuando las fuerzas armadas afganas deben asumir la defensa y seguridad del país. La mayoría de los norteamericanos, según las últimas encuestas,  es partidaria de terminar con una misión que no parece tener destino.

La perspectiva que el país llegue a ser gobernado por los talibanes es escalofriante. Las primeras víctimas serán las mujeres que son tratadas de manera subhumana. El fundamentalismo talibán considera impíos a todos aquellos que no practican su peculiar visión religiosa. Baste recordar la destrucción de monumentos budistas porque para ellos está prohibida la reproducción de la figura humana.  Así la sufrida nación asiática recuerda un amargo chiste serbio: “Tenemos un pasado atroz, un presente terrible pero, afortunadamente,  no tenemos futuro”.

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