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Adios al Ártico.

September 16, 2012

Es un ritual de cada  verano,  del hemisferio norte,  anunciar la contracción del casquete ártico. Este año se mantuvo la tendencia y los hielos llegaron, en septiembre, a su punto más bajo desde que se hacen mediciones.  Observaciones realizadas desde submarinos muestran que los hielos han perdido 40 por ciento de su espesor desde 1980 y, además, la superficie marítima cubierta por el casquete ha disminuido en 30 por ciento en relación al mismo año.

El Ártico es la región del globo que experimenta el mayor calentamiento. Desde 1951 se observa un aumento de temperatura que duplica al promedio del resto del planeta.  El primer efecto es la alteración del albedo,  que es la  potencia reflectora de una superficie  alcanzada por la radiación solar. El albedo varía según el tipo de material: los hielos reflejan más del 80 por ciento de la radiación, la arena seca el 40 por ciento, en tanto que las aguas oceánicas y la vegetación del orden del 20 por ciento. El Ártico es una región  de ablación que es el concepto que designa una zona  que pierde hielo y nieve por vaporización o deshielo en proporciones mayores a su acumulación. Las proyecciones señalan que la capa de hielo ártico disminuye a razón de 8 por ciento por década. De mantenerse esta tasa, todo el hielo habrá desaparecido para 2060.

 

La disminución de las superficies blancas contribuye a elevar la temperatura de las aguas. Ello repercute sobre el nivel de los mares, y  su composición química, las corrientes, y la vida submarina en todas sus formas. Uno de los cambios drásticos que ya se aprecian es la alteración de la Corriente del Golfo. Esta masa de aguas marinas ya no es tan fría a causa de la desaparición de los hielos del Ártico y Groenlandia. La llamada circulación termohalina alude a la densidad del agua de mar que está determinada por la temperatura y la salinidad. Estos factores provocan movimientos de agua, con las menos densas en la superficie y las más densas en las profundidades. La Corriente del Golfo se genera en el trópico, en las aguas superficiales del océano Atlántico. Enormes masas oceánicas se deslazan hacia el Polo Norte, donde chocan con los vientos gélidos, provenientes de los hielos árticos, que las enfrían (efecto termo). Ello vuelve más pesadas a las aguas superficiales. Además, la evaporación causada por los vientos aumenta su concentración de sal (efecto halino). Por lo tanto, estas aguas se hunden. Es una condición importante del estado climático oceánico, pues permite el intercambio de calor y gases de efecto invernadero a través del interior del océano. Con los deshielos las aguas se enfrían menos y los flujos de agua dulce reducen el efecto halino. En la actualidad se aprecia una reducción del orden del 30 por ciento en la Corriente del Golfo, y ello ya repercute en otras corrientes y regímenes de vientos. Algo que, a su vez, altera las lluvias lo que tiene consecuencias en el conjunto de los ecosistemas. Si las aguas se calientan aun más en las regiones tropicales, cabe esperar un aumento de la intensidad de los huracanes, que han incrementado su potencia en 50 por ciento. Como ocurre con otras corrientes, como la de la Niña y el Niño, toda alteración repercute en lluvias torrenciales en algunas regiones y sequías en otras. En  México, una proyección estima que en  2020 habrá trescientas mil hectáreas que ya no servirán para cultivar maíz. Ello para un país, que es el corazón  de la cultura del maíz, es sinónimo de problemas para la masa de la población y que ya ha acarreado protestas políticas. La cadena de consecuencias es tan amplia que, para efectos prácticos,  resulta imprevisible. Al menos se conoce la raíz del problema: las emisiones de CO2  provenientes, en gran medida,  por la quema de comestibles fósiles. La solución a este reto, en todo caso, aparece distante.

 

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