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El peligro de invocar el terrorismo.

January 7, 2013

La trágica muerte de dos agricultores calcinados en la Araucanía, en un ataque protagonizado por agresores encapuchados, ha despertado una ola de indignación.  La gravedad del hecho, en todo caso, no exime a las autoridades de un análisis desapasionado del fenómeno. Es requisito básico para superar un conflicto contar con un diagnóstico correcto sobre la naturaleza del problema. En este sentido las cosas van por mal rumbo a juzgar por las palabras  Andrés Chadwick, ministro del Interior, que declaró: “La lucha contra el terrorismo en el mundo no es fácil, pero la vamos a dar y los vamos a perseguir donde estén…”. Equiparar lo que ocurre en la Araucanía con la lucha contra el terrorismo a escala mundial es un primer paso en falso. La utilización del método terrorista, porque de eso se trata,  de formas de lucha armada clandestina,  varía enormemente de un país a otro. En consecuencia no hay, ni habrá,  una cruzada para ese fin.

Pretender que lo que vive la Araucanía guarda alguna semejanza con  la lucha contra el yihadismo no corresponde a la realidad. Los yihadistas, que constituyen una minoría insignificante del mundo islámico,  no reconocen la legitimidad del poder temporal. Sólo Dios, a través de sus exégetas que son los caudillos, es la fuente de legitimidad.  Imbuidos de una visión mesiánica han desarrollado un terrorismo con dos características peculiares: la vocación suicida y la voluntad de causar el mayor número de muertes posible, por lo que se les ha caracterizado como catastrofistas. Es necesario guardar las proporciones: no se puede meter en un mismo saco el incendio de una casa patronal con el secuestro de aviones para estrellarlos contra edificios habitados.

Estados Unidos, por su parte, ha sufrido las consecuencias de aplicar una estrategia equivocada frente al yihadismo. El terrorismo, luego de los atentados del 11-S-2001 ,  fue elevado por el Presidente George W. Bush al primer lugar entre  las amenazas  que enfrentaba su país. Todavía humeaban los restos de las Torres Gemelas  y el Pentágono cuando Bush anunció “la primera guerra del siglo XXI”. Ello pese a que a escasas horas de los atentados nadie tenía muy claro contra quiénes se libraría esta guerra.  A medida que despejó la niebla y Al Qaeda  reclamó la autoría de los ataques fue evidente que no era posible tal guerra. Estados Unidos inició, en 2001, la guerra en Afganistán de la cual aun intenta salir.  En 2003 invadió Irak señalando que disponía de armas de destrucción masiva que podían caer en manos de alguna organización terrorista. La equivocada lectura del fenómeno llevó a Estados Unidos a librar las dos guerras más largas de su historia con enormes costos humanos y materiales y pobres resultados políticos. Los talibanes gozan de buena salud y Al Qaeda opera en Irak, Siria y otros países.

 

Invocar en Chile el fantasma del terrorismo para ganar aprobación internacional y justificar medidas de excepción no facilitará las cosas. El camino más eficaz para resolver una disputa más que centenaria es estudiar sus raíces. Utilizar los vastos recursos del estado, en el marco de la legislación aplicada a todos los chilenos, junto a la cooperación de la ciudadanía para deslegitimar y  vedar el empleo del método terrorista. Pero, por sobre todo, escuchar reivindicaciones ancestrales y reparar una deuda histórica que se arrastra  de generación en  generación.

 

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