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El eurocentrismo del Vaticano

February 15, 2013

La renuncia de Benedicto XVI pone de relieve las serias dificultades vividas en su papado. El Estado Vaticano, como todo Estado, participa en los balances de poder de la arena internacional. A diferencia de la abrumadora mayoría del resto de los estados carece de una fuerza armada. Esto fue lo que permitió a José Stalin preguntar irónicamente y ¿cuántas divisiones tiene el Vaticano?, con lo cual quiso decir que no merecía ser tomado en cuenta. Craso error.
La simbólica Guardia Suiza, que ejerce labores protocolares, es un atractivo turístico más. El poder político vaticano no es ejercido a través de las pintorescas alabardas. La influencia se sitúa fuera de la esfera el llamado “poder duro” que es el de las armas y la economía. El suyo es el “poder blando” de la diplomacia y la influencia sobre otros estados.
El Vaticano jugó un papel determinante en la caída del régimen comunista en Polonia. Un hecho histórico que anticipó el colapso del conjunto del campo socialista y que, finalmente, llevó a la implosión de la propia Unión Soviética. Es claro que el sistema se desmoronó ante todo por sus propias insuficiencias. Pero sería erróneo menospreciar el rol de la Iglesia católica polaca y su respaldo, manifiesto y encubierto, a las movilizaciones del movimiento sindical Solidaridad.
El Vaticano, desde una perspectiva de poder, sufre de una creciente pérdida de influencia política. Ello en primer lugar por su condición euro céntrica. Basta considerar los números del conclave que elegirá al sucesor de Benedicto XVI: de 117 cardenales 62 son europeos. De ellos 28 son italianos, que desde siempre han controlado la Curia Romana, y solo 19 son latinoamericanos, la región con el mayor número de creyentes.
Europa, y el Vaticano con ella, ha perdido influencia en términos relativos. Hoy, como está a la vista para todos, el eje de gravitación se ha desplazado hacia China y el conjunto de Asia. Y a este respecto la Iglesia católica ha prestado más atención al continente africano que a llegar a un acomodamiento con Beijing.
Tampoco se aprecia una estrategia coherente de cara al mundo islámico. Al inicio de su papado Benedicto XVI postuló la necesidad de una actitud ecuménica. Buscó un acercamiento entre las tres religiones monoteístas: el cristianismo, el Islam y el judaísmo . Pero al mismo tiempo insistió en que la Unión Europea debía explicitar sus raíces cristianas. Esto era una forma de vetar el ingreso de Turquía, que es un país abrumadoramente musulmán, a la comunidad de las 27 naciones. Diplomáticos turcos han denunciado que existe un fuerte lobby por preservar a Europa como “un club cristiano”.
El próximo Papa tiene un enorme desafío, que va mas allá de restablecer la autoridad moral perdida por los millares de escándalos de abusos sexuales perpetrados por sacerdotes y encubiertos por la Iglesia. Deberá enfrentar una sociedad diferente en que la emancipación femenina es una realidad, por solo mencionar el más importante de los cambios sociales de las últimas décadas. Si aspira mantener su vigencia en el plano de la política internacional el Vaticano tendrá que rediseñar una estrategia que vaya más allá de Europa.

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