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Egipto frente a la guerra civil.

July 10, 2013

Egipto enfrenta un dilema sin solución aparente. Una vasta alianza de sectores políticos y religiosos exigió, por la vía de masivas manifestaciones, la salida del Presidente Mohamed Mursi. Varios millones de egipcios coparon las calles de las principales ciudades del país. La protesta estaba alimentada por distintas causas. Una, muy evidente es el malestar económico en un país que vive ya un largo período de estancamiento. Algo que, por supuesto, no es de responsabilidad exclusiva de la Hermandad Musulmana, la organización confesional islámica que llevó a Mursi a la presidencia hace un año. Otra vertiente del descontento es la desconfianza de los diversos sectores frente a las aspiraciones de los islamistas de imponer sus normas al conjunto de la sociedad.
Ante la protesta las fuerzas armadas, de raigambre secular y que han perseguido por décadas a los hermanos musulmanes, no se hicieron de rogar y ejecutaron un golpe de Estado. Bajo cualquier definición la remoción de un presidente democráticamente electo es un golpe. Aún más cuando los mecanismos electorales para cambiar el orden de cosas estaban abiertos y el país tenía por delante elecciones parlamentarias. En ningún país es lícito sacar los tanques a la calle en respuesta a un clamor popular que, aunque era obviamente extenso, es difícil de cuantificar.
Los opositores que incitaron al golpe están integrados por coptos, la vertiente local del cristianismo egipcio que representan alrededor de 10 por ciento de los 83 millones egipcios, por agrupaciones laicas, empresarios descontentos con las normativas económicas, izquierdistas opuestos al conservadurismo islámico y, claro, las agrupaciones de mujeres aterradas ante las crecientes agresiones callejeras y restricciones legales. Aunque las motivaciones de cada sector difieren todos coinciden en un punto: el rechazo a mezclar la religión en los asuntos políticos. Todas las religiones: desde el Islam, al cristianismo en cualquiera de sus versiones, judaísmo, budismo u otras son incompatibles con la conducción política de los Estados. Esa es una condición básica de un Estado moderno. Pero ya en la biblia se reconocía la distinción de dar al César lo que es del César y a Dios, lo que es de Dios. Los islamistas, aquellos que propugnan el Islam político, aspiran a imponer la sharia, la ley islámica a toda la población, y en última instancia una teocracia como la que rige en Irán.
La otra cara de la moneda es que los gobiernos son elegidos por mayorías ciudadanas. El conjunto de los islamistas obtuvieron la mayoría absoluta en los últimos comicios. Si hay nuevas elecciones y los islamistas vuelven a ganar el conflicto seguiría en pie. Los islamistas están en auge en todo el mundo árabe y parte del musulmán. La señal que reciben de Egipto es que las urnas no son un camino viable para llegar al gobierno.
Es un dilema para ambos bandos en pugna. Para unos el golpe de Estado viene de pisotear una regla básica de la democracia: el respeto a la voluntad ciudadana expresada a través de las urnas. Para otros la interrogante es qué hacer frente a fuerzas políticas que participan en el proceso electoral para llegar al poder, pero con la intención de reemplazarlo de por vida por una teocracia. En Egipto se juega además del futuro del país la estabilidad, ya muy frágil, del conjunto del Medio Oriente.

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