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El juicio a Manning interesa a todos.

August 12, 2013

El soldado estadounidense Bradley Manning enfrenta numerosos cargos por violar reglamentos militares. Si es encontrado culpable de todas las acusaciones podría recibir una condena de cárcel de más de un siglo. Alguien podría creer que Manning asesinó, torturó o fue partícipe de una masacre. Su delito fue entregar documentos clasificados como confidenciales a WikiLeak que las difundió al mundo. Era información que incomodó a las autoridades en Washington. Entre las filtraciones figuraba un video que muestra dos periodistas de la agencia Reuters, tomado desde el helicóptero norteamericano, desde el cual fueron acribillados junto a ciudadanos iraquíes. El artillero confundió al grupo por insurgentes. Y, claro, están los millares de documentos de correspondencia, entre las embajadas y el Departamento de Estado, que irritaron tanto a los diplomáticos como a los criollos aludidos haciendo juicios sobre sus pares que mejor hubiesen quedado bajo reserva.
En el transcurso del juicio Youssef Aboul-Enein, un asesor del Pentágono, acusó a Manning de ayudar a Al Qaeda con sus revelaciones. Al presentar a las tropas estadounidenses dando muerte a civiles facilitaba la agitación a sus enemigos. En las palabras del experto las filtraciones “generan un ambiente propicio para el reclutamiento, para la recolección de fondos, y para el apoyo a Al Qaeda frente a sus audiencias”.
Manning no reveló posiciones de tropas estadounidenses ni tampoco planes operativos que, de alguna manera, pusieran en peligro la vida de sus compañeros de armas. En consecuencia las acusaciones en su contra son administrativas e ideológicas. Sus acusadores buscan probar que obró buscando notoriedad. El acusado dice que lo hizo para alertar a sus compatriotas de los abusos cometidos.
Esta polémica evoca los orígenes del periodismo. En 1854 Rusia y Gran Bretaña estaban en guerra por la Península de Crimea. Los británicos eran comandados por el reputado lord Raglan, que era la caricatura del flemático oficial inglés. Fue secretario del duque de Wellington y perdió un brazo en la batalla de Waterloo: se lo amputaron sin anestesia, y al concluir la operación dijo: “Traigan mi brazo. En un dedo hay un anillo que mi mujer puso allí”. Como era habitual los oficiales británicos se preocuparon de su bienestar e ignoraron la suerte de la tropa. Pero hubo un testigo clave, William Russell, a quien se reconoce como el primer corresponsal de guerra propiamente tal. Russell cubría el conflicto para el Times de Londres, y despachó informaciones como ésta: “Llevaron a Crimea un chef francés, sirvientes indios, vastas reservas de buenos vinos, sus perros de caza y en algunos casos a sus esposas”. Gracias al telégrafo, pudo despachar sus informes sobre la ineptitud de la conducción militar: “La administración es infame. ¿Puede creer que no hay camas para los enfermos (…) los hombres pasan frío. Los soldados solo tienen una manta de reglamento. Por lo tanto, invierten el orden de las cosas y se visten con todo lo que tienen para acostarse…”.
Las desgarradoras crónicas de Russell impactaron a los británicos. Lord Raglan montó en cólera y, como ahora frente a Manning, declaró que los despachos del corresponsal exponían a sus tropas y eran un regalo para el enemigo. Finalmente, la pluma pudo más que la espada y Raglan y el ministro de Defensa renunciaron. No solo eso, la toma de conciencia del descuido de las tropas sirvió de base para una profunda reforma del ejército británico. Una mirada retrospectiva muestra que Russell había servido bien a su país y a las propias fuerzas armadas. Las denuncias de Manning y Edward Snowden bien podrán ayudar a Estados Unidos y al conjunto de la comunidad internacional.

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