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El drama egipcio.

August 16, 2013

La masacre ejecutada por el ejército y la policía egipcia marca la muerte de la emergente democracia en el país árabe. La violencia empleada, que causó al menos más de 638 muertos según las fuentes oficiales y millares de heridos, fue un acto deliberado que señala el inicio de una campaña para desterrar de la política abierta a las fuerzas islámicas. Esta será una tarea compleja, o incluso imposible, pues en su conjunto los islamistas detentan cerca de dos tercios de los votos.
Los militares perciben el enfrentamiento con la Hermandad Musulmana, la colectividad a la que pertenece el depuesto Presidente Mohamed Mursi, como una lucha terminal entre “nosotros o ellos”. Muchos egipcios seculares ven las cosas en términos similares. Existía el convencimiento que Mursi buscaba imponer la ley islámica en el país. Por ello instaron a los militares a salir de sus cuarteles y terminar con un gobierno democráticamente electo.
Estados Unidos es uno de los pocos países que puede ejercer una influencia directa sobre los gobernantes en El Cairo. Hay versiones que antes del desalojo de los manifestantes el Presidente Barack Obama llamó por teléfono al general Abdul al-Sisi, el hombre fuerte del régimen, pero anticipando que le exigiría moderación éste se negó a responder. Un desaire mayor que al-Sisi se pudo permitir porque Arabia Saudita y algunos emiratos le han abierto una generosa línea de crédito. En todo caso la réplica de Washington fue de una suavidad excepcional. Estados Unidos, que todavía no reconoce que en el país hubo un golpe militar, se limitó a cancelar unos ejercicios militares conjuntos que recién estaban en la fase de planificación. En cambio nada dijo sobre un corte de ayuda o las sanciones que suele aplicar a otros países por menos de la masacre ocurrida. La Casa Blanca ha reiterado que su política está guida por sus intereses nacionales y principios. Su dilema es que no puede apoyar los islamistas. En cuanto a sus interlocutores directos, los militares, han adoptado un curso de acción que está en vías de sepultar toda esperanza democrática.
Lo más probable es que la Hermandad Musulmana deberá volver a la clandestinidad donde pasó muchas décadas. Pero el derrocamiento de su gobierno legítimo y la sangre derramada la empujaran a una resistencia más agresiva. Podría ser el inicio de una trágica escalada. Los militares y sus aliados reinstaurarán el viejo estado policial. Las detenciones arbitrarias, la tortura y la persecución fueron la tónica de los 30 años de tiranía de Hosni Mubarak, con pleno respaldo occidental. Esa es la escuela en que se educaron los militares del Nilo. Ahora en una situación crítica no experimentarán con nuevas fórmulas de gobierno. Harán lo que saben hacer y eso es mantener sojuzgados tanto a los islamistas como a los sectores seculares. Estos últimos tienen una alta cuota de responsabilidad por los hechos de sangre ocurridos. Ahora Mohamed El-Baradei, Premio Nobel de la Paz y candidato presidencial laico, ha presentado su renuncia al gobierno pero el simboliza a la civilidad que instó a los militares a intervenir. Durante las últimas tres décadas Egipto vivió bajo estado de emergencia. Fue solo con la Primavera Árabe y la caída de Mubarak que fueron restablecidas las garantías constitucionales. Hoy cualquiera puede ser arrestado y juzgado por los uniformados. La nación más populosa y centro de la cultura árabe enfrenta una larga y oscura noche.

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