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El disfuncional espionaje de EE.UU.

October 25, 2013

Los países, por norma, niegan que espían. Ello por la buena razón que a nadie le gusta ser espiado. Así es que cuando son sorprendidos con las manos en la masa adoptan un aire de pretendida inocencia. Es lo que hizo Jay Carney, el vocero de la Casa Blanca, luego de las denuncias que habían interceptado el teléfono móvil de la canciller alemana Angela Merkel, señalando que “Estados Unidos recoge información de inteligencia y que seguirá haciéndolo como todos los países”. O sea, algo casi rutinario y que no debiera sorprender a nadie.
En cierto sentido Carney tiene razón. El espionaje es tan antiguo como los conflictos. Ya cinco siglos antes de la era común el estratega chino Sun Tzu escribía: “Los espías son el elemento más importante en la guerra, porque de ellos depende la capacidad de un ejército para moverse. Un ejército sin espías es como un hombre sin oídos y sin ojos”.
Desde entonces, sin embargo, el espionaje se ha convertido en una formidable industria llamada inteligencia que, por cierto, no alude al atributo humano de pensar. Consiste en la recolección, evaluación y análisis de información captada sobre un área de interés. La palabra clave en la inteligencia es el análisis. Aunque cueste creerlo, 90 por ciento de la información que nutre a los servicios proviene de fuentes abiertas: documentos de gobierno, balances de empresas, organizaciones políticas, estudios académicos, compendios estadísticos y, por supuesto, la prensa. Cada día se acumulan miles de toneladas, por cuantificar de alguna forma, de antecedentes e informes. ¿Cuáles son los relevantes y cuáles no? Ese es el dilema. Todo depende de lo que se busca y de la evaluación de las fuentes.
Esa misión fue encomendada, entre otros, a la National Security Agency (NSA) que fue creada en 1952 como una repartición ultra secreta. El chiste en la época era que la sigla NSA significaba No Such Agency (no hay tal agencia) o Never Say Anything (nunca diga nada). La NSA cuenta con más personal que la CIA y el FBI sumados. Se estima que emplea unas 38 mil personas. Aparte, contrata a 25 mil personas que operan los sistemas de intercepción y que no son integrantes de su planta. Los receptores de las escuchas de la NSA son el Departamento de Estado, el de Defensa y la CIA, además de un número selecto de políticos y otras autoridades que recibe notas confidenciales cada día en sus computadores a través de circuitos especiales.
El drama del ciudadano común, y por lo visto de los no tan comunes, es que no puede proteger su intimidad de las redes invasoras de agentes anónimos. La información es recopilada sin el conocimiento del público. Así las numerosas agencias occidentales, que cooperan entre sí, amasan cantidades asombrosas de información sobre personas. Seleccionan, sobre la base de programas computacionales, fragmentos de conversaciones o mensajes. En forma automática o por el capricho de un funcionario puede encontrarse cualquier mortal en una lista de personajes considerados peligrosos. Basta la oposición a políticas de un determinado gobierno para caer en el listado de vigilancia. Ocurrió en Estados Unidos en 1967 cuando el ejército solicitó a la NSA que interceptara las comunicaciones de los grupos que participarían en la “Marcha sobre el Pentágono” para protestar por la guerra en Vietnam. Toda la comunidad de inteligencia comenzó a vigilar a personajes como la folklorista Joan Baez, al líder afroamericano Martin Luther King, la actriz Jane Fonda y el famoso pediatra Benjamin Spock. El sistema de vigilancia se institucionalizó en 1969 con el nombre codificado de Minarete. Los abusos de las agencias durante la década del 70 llevaron a un repudio público de sus actividades. Esto terminó coartando su espacio de maniobra. Las enmiendas, en todo caso, duraron poco. Luego de los atentados del 11-S-2001 tras la pantalla de la “guerra” contra el terrorismo la NSA volvió a sus andanzas amparada por el “Patriot Act”.

Una cosa es recoger inteligencia sobre potenciales terroristas y otra es espiar a la Presidenta brasileña Dilma Rousseff o a la canciller Merkel o diplomáticos franceses, por nombrar a los más conspicuos. Los abusos de los servicios de inteligencia estadounidenses revelan un serio desgobierno. Los recolectores de información recaban a diestra y siniestra con una notoria falta de criterio político. Una vez más, como en los 70, han causado más daño que bien a su país. Al indignar y alejar a estados amigos como Brasil, México y a la Unión Europea han perjudicado lo esencial: la lucha contra las organizaciones que aplican el método terrorista. Washington cae otra vez en el mismo hoyo donde el remedio resulta peor que la enfermedad.

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