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China tras el tercer plenario.

November 17, 2013

Los gobiernos chinos están concebidos para regir la nación durante un decenio. Una vez asumidas las riendas del poder, transcurrido el primer año de la nueva administración, tiene lugar  la Tercera Reunión Plenaria del Comité Central del Partido Comunista de China (PCCh).  Deng Xiaoping, tras  la desastrosa experiencia de la Revolución Cultural, dio un golpe de timón radical que orientó la economía desde el  colectivismo a la liberación de parte del mercado. A partir de ese momento el Tercer Plenario quedó instituido como la ocasión en que el nuevo liderazgo da a conocer su hoja de ruta para la década venidera. De allí el gran interés que suscitó el conclave realizado entre el 9 y el 12 de noviembre.

Hasta cierto punto el evento concluyó con un  anticlímax En una breve declaración se señaló algo tan sabido como cierto: “El asunto central es armonizar la relación entre el Estado y el mercado, permitiendo al mercado jugar un papel decisivo en la asignación de recursos así como mejorar el rol del Estado”. Las palabras utilizadas por el PCCh merecen atención. Hasta ahora hablaban del rol “básico” del mercado y ahora aluden a papel “decisivo”.

El  Presidente Xi Jinping fortaleció su autoridad, cuyo poder efectivo emana de su condición de secretario general del PCCH, y  el partido mantendrá el absoluto monopolio del poder político. En el ámbito económico, en  cambio,  se informó que el sector estatal renunciará al monopolio en algunas áreas estratégicas como la energética, la bancaria, las telecomunicaciones e infraestructura. Las disputas para introducir estos cambios serán del tamaño de los intereses creados en estas muy lucrativas industrias. Conviene tener en cuenta que en China no siempre  es fácil discriminar  donde  termina el Estado y donde comienza el sector privado.  La dirigencia partidaria adelanta que el cambio y las operaciones liberadas deben ser “ordenadas”. Con ello  tienen en mente los peligros de los grandes desbalances generados por mercados orientados por una motivación: el lucro. En concreto los dirigentes chinos temen no solo a una excesiva concentración de riqueza, según el Banco Mundial  el uno por ciento de los hogares chinos concentra 41,4 por ciento de la riqueza,  sino que también que se profundicen  las diferencias entre las regiones del país. Ya Beijing está preocupado por el débil desarrollo de muchas provincias interiores y ha adoptado medidas para no dejarlas muy atrás.

Luego, a cuenta gotas, comienzan a trascender otras resoluciones con profundas consecuencias para los chinos y el resto del mundo. Así se flexibiliza la  política del hijo único iniciada hace 33 años por Deng.  Ello porque las restricciones crean desbalances demográficos y porque ya no son tan necesarias. La tasa de natalidad ha bajado con la incorporación de las mujeres al mercado laboral.  También fue anunciada la abolición del  arbitrario y cruel   sistema de “reeducación a través del trabajo”. Los  campos de trabajo son centros de detención para aquellos que incomodan a las autoridades. El PCCh promete, más vale tarde que nunca, que “trabajará para prohibir la obtención de confesiones mediante la tortura y el abuso físico” y pedirá a los tribunales que sean estrictos y rechacen evidencias obtenidas ilegalmente. En las próximas semanas continuarán los anuncios y, entonces,  cabrá formarse un cuadro cabal de las intenciones de las autoridades del país que aspira a convertirse en la primera potencia económica.

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