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Ajedrez ruso en Crimea.

March 6, 2014

La mayor parte de las guerras responden a lo que los países involucrados consideran razones de estado. O, lo que es lo mismo, a ambiciones de dominio estratégico que conllevan beneficios territoriales y económicos. Los estados nunca admitirán que luchan, por ejemplo, para apoderarse del petróleo de otro país. De manera invariable invocarán valores superiores. Es lo que está a la vista en Ucrania donde se libra una pugna por la hegemonía de la región.
Occidente, liderado por Estados Unidos, dice apoyar al gobierno de Kiev en nombre de la democracia. Lo hace respaldando a un liderazgo que no ha sido elegido. Es cierto que un proceso revolucionario no transita por las urnas en su fase inicial. Pero es igualmente claro que en la fuerzas de Maidán, la plaza donde se libraron los enfrentamiento contra el régimen del depuesto Víctor Yanuckócovich, estaban representadas muy variadas corrientes política hartas con un régimen autocrático. En aguas revueltas las organizaciones radicales y más dispuestas a la acción directa suelen sacar la mejor parte. Así fue en Kiev pues cuando el recién formado gobierno debía, ante todo, fortalecer la unidad nacional hizo todo lo contrario. Una de sus primeras medidas fue suprimir la lengua rusa como idioma oficial. Algo que más tarde, cuando ya estaba hecho el daño, fue desechado.
Rusia, por su parte, proclama su obligación de proteger a los rusos parlantes que son mayoría en varias regiones orientales de Ucrania. Con este argumento y sobre la base de un pedido de ayuda de Yanuckóvich ha justificado su copamiento de la península de Crimea. Con un cinismo digno del período estalinista Vladimir Putin negó las tropas que patrullan la región fuesen rusas: “Hay muchos uniformes. Vaya a cualquier tienda local y puede encontrar alguno”. En todo caso el estilo de la intervención rusa deja al descubierto sus objetivos. Moscú no busca anexar territorios ni antagonizar a Ucrania. Por ello los soldados que le representan no han disparado un tiro. El Kremlin quiere garantías que las cosas seguirán como estaban: que los rusos parlantes no serán acosados, que si un futuro gobierno ucraniano desea vínculos más estrechos con la Unión Europea no ingresará a la Organización de la Alianza del Atlántico Norte (OTAN), el pacto militar capitaneado por Estados Unidos. Asimismo busca garantías que Kiev no instalará armas estratégicas que amenacen su territorio.
Lo que está por verse es que querrá la mayoría de los ucranianos. La posibilidad de una desintegración del país entre pro rusos y pro occidentales está presente. Y cuanto más dure la crisis mayores son las posibilidades que ello ocurra. En cuanto al resto de los protagonistas Estados Unidos está lejos y tiene poco comercio con Rusia y Ucrania. Conforme a su potencia militar y económica ha llamado a imponer drásticas sanciones comerciales a Moscú. En Europa la situación es diferente. Inglaterra que suele acompañar a Washington en la línea dura prefirió desmarcarse. Londres ha dicho que no hará nada que pueda dañar la confiabilidad de su gran centro financiero, la City. Alemania, que está en proceso de abandonar la energía nuclear, importa el 35 por ciento del gas y el petróleo desde Rusia. De manera que Berlín también se muestra cauto a la hora de las represalias. Vladimir Putin, por su parte, advirtió que las sanciones son “calles de dos vías”.
Poco importa, en definitiva, de cuantas vías sean las calles. Si la crisis en Ucrania empeora el impacto alcanzará a todo el mundo. Subirán los precios de los hidrocarburos y el trigo pues las inmensas praderas ucranianas son un vasto granero.

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