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El antes y después de Crimea.

March 21, 2014

El conflicto por Crimea está desatado. No en un sentido bélico activo, por fortuna, aunque implica una fuerte ruptura de la convivencia entre protagonistas internacionales claves. Lejana parece la iniciativa del Presidente Barack Obama de “resetear” las relaciones con Rusia. En 2009 Washington propuso a Moscú dejar atrás la Guerra Fría e iniciar una nueva relación. El Kremlin aceptó pero dejó en claro que rechazaba la expansión de Occidente hacia sus fronteras.
Lo ocurrido en Ucrania tiene lecturas opuestas. Para Moscú Estados Unidos y la Unión Europea alentaron un cambio de régimen en Kiev. A juicio de Vladimir Putin se trató de un golpe de estado, con la participación de elementos fascistas, contra un gobierno electo y democrático. Peor aún, tan solo un día antes de la caída de dicho gobierno se había fraguado un acuerdo con Occidente para convocar a nuevas elecciones. Para Estados Unidos y la Unión Europea la ocupación, posterior referéndum y anexión de Crimea a Rusia es una agresión contra la soberanía de Ucrania. Un hecho que merece un castigo pues sienta un precedente inaceptable. En consecuencia ya se han aplicado sanciones menores mientras son estudiadas medidas más drásticas.
En situaciones de conflicto los gobiernos y los estados mayores trazan líneas rojas. Son líneas imaginarias que pretenden señalar a sus adversarios los márgenes de tolerancia. Si pese a las advertencias las líneas son transgredidas cabe tomar represalias. Rusia advirtió a Occidente que no permitirá que Ucrania pase al área de influencia occidental e ingrese a la OTAN. Los occidentales dijeron con claridad que no tolerarían la anexión de Crimea.
En concreto ambas partes vulneraron las respectivas líneas rojas. Algunos ya hablan de una nueva Guerra Fría de confrontación entre Este y Oeste. En rigor no habrá tal división del mundo. La aguda pugna entre el campo socialista y el capitalista que dominó al mundo, desde la Segunda Guerra Mundial hasta 1989, no volverá. Hoy no se vivirá una lucha ideológica tras modelos de sociedad antagónicos. Un pugna que permeó y destruyó la vida política de numerosos países, incluido Chile. Esta vez se abre un prolongado período de fricciones entre Moscú y Washington junto a sus aliados europeos. El resto del mundo tomará nota pero a diferencia del pasado no tendrá que tomar partido. Las consecuencias de este nuevo conflicto, en todo caso, reverberarán en el conjunto de la esfera internacional. La animosidad alcanzará al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas que hoy es el árbitro supremo para zanjar las grandes disputas. Es el único organismo, del cual Chile es hoy un miembro transitorio, que tiene la autoridad para dar legitimidad a una intervención militar.
La disputa abierta por Crimea no beneficiará a nadie. Rusia tendrá que lidiar con la hostilidad occidental. Ucrania ha perdido parte de su territorio y está por verse si preservará su integridad nacional. Está latente la amenaza de escisiones de las regiones orientales ruso hablantes. Para Europa Moscú es un buen socio comercial y uno de los mayores abastecedores de hidrocarburos y las fricciones dañan esa relación. También Washington se verá perjudicado en los momentos que había resuelto cambiar su centro de gravedad militar para confrontar a China. Es posible que en los años venideros se hablé de un antes y un después de Crimea.

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