Guerras islámicas.

May 1, 2015

La guerra al interior del Islam no da tregua. El jueves 25 de marzo fue abierto un nuevo frente bélico en Yemen. Arabia Saudita, liderando una alianza de emiratos además Egipto y Marruecos, comenzó una campaña de bombardeos contra los Huthis, chiítas yemenitas también conocidos como  Ansar Alá (guerrilleros de Dios).  Es un paso más en la desintegración del viejo  Medio Oriente. Ello podría ser algo positivo en la medida que superase estructuras anquilosadas. Pero no es el caso. Las bombas que llueven en el sur de la península arábiga agravan el cisma entre las dos grandes corrientes del Islam.  Ello además de causar  gran destrucción y sufrimiento. Aunque los bandos en pugna enarbolan las banderas de sus respectivas creencias religiosas es, en los hechos, una lucha por la hegemonía política en la región.

La enemistad entre chiíes y sunitas nace con el propio Islam con la disputa sobre quién es el legítimo sucesor de Mahoma.  Pero el choque sangriento librado por ambas corrientes, en varios países,  despunta en 1979, con el triunfo de la revolución iraní que depuso a la monarquía del sha. El ímpetu político republicano teocrático chiíta de Teherán fue percibido como una amenaza por parte del mundo sunita,  que representa al 85 por ciento de los musulmanes que en total suman unos 1500 millones de seguidores. Washington, acusado de ser el gran Satán por el ayatolá Jomeini, se alió con el Irak de Saddam Hussein en la ofensiva lanzada contra Teherán en 1980. La guerra se convirtió en la más prolongada del siglo pasado. Concluyó con ambos países desangrados,  en 1988,  con la muerte de más de un millón de personas. El interés de Estados Unidos era proteger  a las monarquías medio orientales y, en especial, a la saudita  de los vientos de cambios. Ello le garantizaba el acceso  sin restricciones a la región que alberga cerca del 60 por ciento del petróleo mundial.

Finalmente, en lo que toca a Hussein, fue acusado de disponer de armas de destrucción masiva lo que le valió ser invadido en 2003. Fue uno de los errores estratégicos más gruesos  de Washington. Muchos de los conflictos actuales son derivados directos de ese yerro. El vacío de poder creado en Irak dio pie a una cadena de enfrentamientos entre sunitas y chiítas. El más mortífero, sin duda, fue el que tuvo lugar en Irak. En la guerra civil librada entre ambas corrientes, en especial en los años 2006-2007, murió cerca de medio millón iraquíes. Se  calcula  además que por tres  muertes violentas hay que sumar otras dos a causa de desplazamientos forzados, colapso del sistema hospitalario, falta de agua, nutrición y deterioro de las condiciones de vida. La virulencia del enfrentamiento gatilló el desarrollo de milicias, en los dos bandos, que practicaron el terrorismo e innumerables asesinatos sectarios.  En este caso el  río revuelto fue sinónimo de ganancia de extremistas.  Los chiíes aprovecharon su ejercicio del gobierno para operar escuadrones de la muerte desde el ministerio del Interior. Los sunís se aglutinaron tras Al Qaeda. Que más tarde dio origen al así llamado  Estado Islámico.

Yemen y  los huthis

Los huthis, así llamados por su líder original   Hussein Badreddin al-Huthi, muerto en 2004, son habitantes del norte del país que practican la variante zaidí  del islamismo chií.  Los huthis han combatido contra los saudíes desde 2004 en varios episodios. Más que un problema religioso la  monarquía saudí ve en ellos y otros chiítas la mayor amenaza para su trono.  De hecho en  2011 despachó tropas a Bahrein para sofocar un alzamiento de la mayoría chií.  Riyad ha reemplazado a Egipto como el líder del mundo árabe y del islamismo sunita y, por lo mismo, se erige como la barrera a la expansión de la influencia chií propugnada por Irán.

Dada la naturaleza de las fuerzas huthis , que tienen la adhesión de numerosos sunis y están muy mimetizadas con la población civil, los  bombardeos saudíes  serán insuficientes para contener a sus adversarios.  Tarde o temprano, si no se logra un acuerdo político,  tendrán que despachar tropas a Yemen. Los huthis son luchadores  avezados con décadas de experiencia en las tácticas guerrilleras. No en vano en la prensa iraní ya se habla del “Afganistán saudí”, con lo cual aluden a una guerra en la cual se empantanarán al igual que le ocurrió a Estados Unidos, que ha pasado 14 años en el país asiático sin lograr la victoria.

Desde el inicio de la operación “Tormenta Decisiva” cuando comenzaron los bombardeos saudíes el barril de petróleo subió cuatro dólares. Yemen no es un gran productor petrolero aunque tiene algunos yacimientos. El temor es que el conflicto se traslade a la propia Arabia Saudita y que,  por la vía de la infiltración o agentes,  comience una campaña de sabotaje de las instalaciones petroleras del reino. Es difícil evaluar cuan efectivos han sido los ataques aéreos saudíes. Lo que está a la vista es que han causado más de 600 muertos y más de 3.000 heridos. Hospitales y obras de infraestructura han sido alcanzadas por bombas y misiles.  Los organismos internacionales hablan ya de desastre humanitario. La experiencia muestra que este tipo de agresiones unen a las víctimas contra los atacantes.

Ganadores ciertos en la coyuntura actual,  dado el desgobierno,  son las organizaciones yihadistas.  Al Qaeda en la Península Arábiga, que reclama el ataque terrorista contra Charlie Hebdo en París, protagonizó una fuga masiva de una prisión liberando a cientos de militantes. Por su parte el Estado Islámico  infiltró,  el 20 de marzo, a  cuatro suicidas en mezquitas en que oraban fieles huthis causando la muerte de 130 de ellos. Yemen, que desde hace mucho cobija una serie de grupos extremistas, corre el riesgo de convertirse en la nueva meca del terrorismo.

El crítico factor saudí.

Con ironía se señala que el reino saudí es atendido por sus propios dueños. Ello porque todo lo que ocurre en el país pasa por las manos de la dinastía que rige a la nación con poderes absolutos. A falta de legitimidad popular la Casa de Saud ha invocado la religión y las armas. En  la esfera de las creencias el  Estado saudí descansa en una antigua alianza político religiosa. En 1744, Mohamed Ibn Saud, uno de los emires, firmó un pacto con el predicador Mohammed Ibn Abdel Wahab  que pretendía volver la fe islámica sunita a su pureza original. Las enseñanzas wahabitas calzaron bien con las aspiraciones políticas de la familia Saud que aspiraba a constituir un Estado  en oposición a los chiítas,  que gobernaban en Irán y gran parte de Irak. El wahabismo destaca por su total intolerancia. Todo musulmán ajeno a sus convicciones es un impío. En esta categoría cae más del diez por ciento de la población  saudí  chíi que vive hostilizada por  wahabitas  auspiciados por el gobierno.

Pero la fe no es suficiente. El reino saudí es el país con el cuarto gasto militar más alto del mundo después de Estados Unidos, China y Rusia. Según el SIPRI, el Instituto de Investigaciones para la Paz Internacional de Estocolmo, los saudíes destinan 9,3 por ciento de su PIB a la defensa. En plata ello representa 67 mil millones de dólares anuales (Chile gasta unos cinco mil millones de dólares). Nada más que en compras de armamentos los saudíes invirtieron el año pasado algo más de  9 mil millones de dólares. Las astronómicas cifras destinadas a la defensa reflejan la inseguridad de la petromonarquía gobernante. Teme ser destronada, como ocurrió a las coronas de Egipto y Libia que cayeron a manos de oficiales jóvenes como Gamal Abdel Nasser y Muammar Gadafi.

Para enfrentar el peligro doméstico y externo la familia real adoptó una política especial: gastar fortunas en armas pero mantener fuerzas armadas pequeñas. Pretende así impedir que los militares ganen peso político que despierten sus  ambiciones golpistas. Por otro lado, mediante un gran poder de fuego, aspira a disuadir a potenciales agresores. Es frecuente que las fuerzas armadas saudíes no logren cubrir las plazas vacantes con nacionales y deben contratar  un número importante de extranjeros. En períodos  de peligro recurre a Pakistán que le ha arrendado brigadas de su ejército para controlar la capital y los lugares santos.  Es un país que, para todos los propósitos prácticos, no cuenta con un ejército nacional. Algo demostrado a apenas dos semanas después de iniciados los bombardeos contra Yemen. Esto fue revelado por  Khawaja Asif, el ministro de Defensa paquistaní, que a su regreso de Riyad señaló que “Arabia Saudita ha solicitado aviones de combate, buques y soldados”. Ante este pedido China, que mantiene estrechas relaciones con Islamabad y Teherán,  desaconsejó a Pakistán sobre la conveniencia de una intervención en el conflicto. En definitiva el parlamento paquistaní votó contra una participación directa en la crisis yemení.

Hasta  ahora los saudíes evitaron entrar a las múltiples guerras de la región. En cambio participaron desde la retaguardia con fondos y armamentos. Respaldaron a Irak contra Irán. En paralelo fueron muy activos en la guerra de los muyahedín contra los soviéticos en Afganistán.  Allí  aportaron más de cuatro mil millones de dólares a Pakistán para derrotar al Ejército Rojo soviético. En la actualidad financian a varios grupos que combaten al gobierno en Siria.

En enero falleció, a los 90 años,  el rey Abdullá  que fue sucedido  por el actual monarca Salmán, 79 años,  que goza de mala salud. De inmediato nombró al crítico puesto de ministro de la Defensa a su hijo Mohammad bin Salmán.  Si la campaña militar en Yemen es exitosa desbrozará  su ruta al trono. Pero si fracasa abrirá la disputa entre sus hermanos y primos por la sucesión. La política de Estado del reino se desarrolla, como en la Europa medieval, en los estrechos muros palaciegos donde unos siete mil príncipes y princesas   acaparan el poder.

Una gran incógnita es que impacto tendrá sobre Arabia Saudita una intervención prolongada en Yemen. Pese a que la caída de la dinastía de los Saud es un pronóstico recurrente  el reino logró eludir las turbulencias de la Primavera Árabe.  En Washington y entre sus aliados no hay mayor preocupación por las inequidades de la monarquía. Pero si prestan atención a los gigantescos yacimientos  Ghawar, en el este del país, donde vive buena parte de la minoría chií   que son tratados como ciudadanos de segunda clase. Aunque peor trato reciben los trabajadores extranjeros en empleos de baja calificación donde constituyen el 85 por ciento. 56 por ciento de toda fuerza laboral, de un país de 30 millones de habitantes, son extranjeros.

A lo largo de la historia uno de los grandes factores desestabilizadores son las guerras. Si Riyad no consigue sus objetivos en Yemen el delicado tejido social del reino, en cuya cúpula hay rivalidades, podría abrir el camino al termino de un régimen anacrónico que  ha mostrado que es incapaz de efectuar reformas mínimas, como la de garantizar un estatuto de existencia legal para las mujeres. El atropello a los derechos humanos es ejemplificado por el bloguero saudí  Raif Badawi que fue condenado a mil latigazos por hacer críticas que incomodaron  al régimen. Después de los primeros 50 latigazos la condena fue suspendida por la precaria salud de la víctima. Semejante trato evoca comparaciones con la brutalidad del Estado Islámico. Pese a ello la alianza saudí estadounidense es solida. Aviones norteamericanos reabastecen en vuelo a los bombarderos saudíes.  En momentos en que Washington negocia un acuerdo para frenar el programa nuclear iraní busca, a la par, dar garantías a sus aliados suníes que está con ellos frente a Teherán.

Dada la fragilidad de las estructuras sociales de la región, como lo demostró la Primavera Árabe, las violentas pugnas entre sunitas y chiítas, la expansión del yihadismo del Estado Islámico y Al Qaeda, sumado a la lucha por la hegemonía entre diversos países, auguran  tiempos críticos. En este contexto la guerra que comienza en Yemen tiene el potencial de gatillar desastres mayores.

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