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Europa frente a los refugiados

August 21, 2015

 

Más de 2.300  migrantes han muerto, en lo que va del año, en el intento  por llegar a Europa cruzando el Mediterráneo. Un aumento de 20 por ciento en relación al 2014 cuando perecieron 3.149 individuos según la  Agencia Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR).  La gran mayoría se ahogó en el canal de Sicilia, el sector más peligroso de la ruta que conecta Libia con Italia. Allí circulan las precarias barcazas, que los españoles llaman pateras, con las que las mafias de traficantes de personas transportan hacinados a los migrantes. En las últimas dos décadas han muerto en naufragios  unas veinte mil personas.

El drama de los refugiados alcanza proporciones gigantescas. En el 2005, según Naciones Unidas, unos 25 mil migrantes se echaron al mar. En 2011 con la guerra civil libia el número pasó a 61 mil. El año pasado fueron 130 mil. De enero a agosto de 2015 ya sumaban 237 mil. Tan solo en el mes de julio arribó a Europa la cifra récor de 70 mil. El gobierno alemán proyectó la llegada de 450 mil refugiados para este año pero ahora estima que podrían ser unos 650 mil o más.

Un número importante de los refugiados son africanos que residían en Libia que hoy es uno de los principales puntos de partida para decenas de miles de migrantes provenientes del Medio Oriente y el continente africano. Ello estimulado por el hecho que el país carece de gobierno. Corrección: tiene dos gobiernos, uno islamista que controla la capital Trípoli y otro secular que reside en Tobruk, próximo a la frontera egipcia. Lo que es justo decir es que reina el desgobierno. La Unión Europea (EU) tiene una responsabilidad directa por este estado de cosas. En 2011 depuso al coronel Muammar Gadafi luego de ocho meses de bombardeos anglo-franceses. Desde entonces el país quedó sumido en el caos con cada clan y sus milicias dictando la ley en su región

En estos momentos los perseguidos que abandonan sus hogares, dentro y fuera de sus respectivos países, es superior a lo experimentado  tras la Segunda Guerra Mundial en la década de los 40 del siglo pasado. Hoy se estima que 0,8 por ciento de la población mundial, unos 60 millones de personas huyen en busca de seguridad y para salir de la miseria.  De ellos 40 millones son desplazados que permanecen en ruinas en las proximidades de  ciudades y aldeas. Los 20 millones restantes son refugiados y de estos últimos los que huyen de la guerra civil siria totalizan cuatro millones de individuos. Los desplazados en el país suman 7,6 millones de personas. El conflicto sirio ha cobrado la vida de casi un  cuarto de millón de personas a lo largo de cinco años. Ello en un país cuya población alcanza a los 23 millones de habitantes

El grueso de los migrantes, 15millones, proviene de África sub sahariana donde destacan Somalia, Darfur, con 2,5 de desplazados, Sudán del Sur entre otros conflictos. Afganistán, por su parte, aporta 3,7 millones. Ucrania 1,1 millones. La abrumadora mayoría reside en países pobres como Pakistán, donde subsisten 1,5 millones de afganos, en África destacan Kenia, Etiopía y Libia. En los campos de refugiados los internos viven en condiciones de extrema vulnerabilidad: están mal alimentados, no tienen ingresos y en especial los niños, que constituyen la mitad de los desplazados, están amenazados por la violencia sexual.

La variante demográfica

Al abordar los flujos migratorios y sus causas los analistas se ponen el parche antes de la herida y advierten que: “el asunto es más complicado que eso”. Con ello aluden a la dificultad para establecer las razones precisas por las cuales tantos millones abandonan sus pagos. ¿Cómo distinguir al refugiado del migrante? El desempleo puede ser causado por la situación económica pero también por la discriminación étnica o la persecución política. El cambio climático es causante de hambre y disputas por tierras y agua entre comunidades. En ciertas regiones señorean bandas armadas que someten a los moradores a su voluntad. El resultado final es que a muchas familias les resulta imposible seguir en sus lugares de origen. La partida, en muchos casos, está lejos de ser una solución. Nunca se sabrá la cantidad de los que perdieron sus vidas en búsqueda de seguridad y bienestar.

 

La migración masiva tiene múltiples causas: demográficas, guerras, pobreza extrema y persecución religiosa entre otras. Es un cuadro complejo que necesita una mirada que combine las diferentes aristas, como está en boga decir. En todo caso es evidente que un gran número de personas emigra de África y regiones de Asia porque aspira a una vida mejor. De la misma forma que lo han hecho los europeos a lo largo de su historia. Desde hace décadas se habla de lo que se ha llamado una “bomba demográfica”. El contraste entre la evolución poblacional europea y la africana es marcado: en África se cuentan nueve niños menores de diez años por cada persona de la tercera edad. En Europa, la población de menos de diez años es idéntica a la de mayores de sesenta. La tasa de natalidad es de seis hijos por mujer en África, contra 1,5 en Europa. En cuanto a las migraciones, la población clave es la que se encuentra entre los 15 y 24 años. En 1960 había 52 millones de africanos en esta franja, en 1980 eran 91 millones, y el 2000 eran 170 millones, se estima que para el 2025 serán 275 millones. Los mercados laborales de la mayoría de las naciones no crecieron en magnitudes ni siquiera cercanas a la expansión demográfica. Es sabido que las migraciones desde los polos de pobreza hacia los de riqueza es un fenómeno histórico tan natural como el fluir del agua desde las alturas.

Muchos de los viajes terminan en islas europeas cuyos nombres ya son conocidos: Lesbos y Cos en Grecia o Lampedusa en Italia. En las últimas semanas gano notoriedad el intento protagonizado, noche tras noche, por cientos de jóvenes buscan ingresar desde Calais, en Francia, a Gran Bretaña a través del Eurotúnel. David Cameron, el Primer Ministro británico, aludió a ellos, quizás unos tres mil aspirantes al asilo, como un “enjambre” que amenazaba el país. La derecha populista inglesa, en un acto de desmesura, exigió el despacho del ejército para proteger las fronteras.

Xenofobia

Crece en forma constante la gravitación política de las organizaciones de extrema derecha que ponen el rechazo a los inmigrantes a la cabeza de sus reivindicaciones. El fascistoide Frente Nacional francés figura alto en las encuestas de opinión sobre las intenciones de voto. En algunos países como Hungría y regiones de Grecia se construyen muros y tienden alambradas para impedir el ingreso. En Alemania, que es el país que recibe más refugiados, el año pasado se registraron más 200 ataques contra albergues para los que buscan asilo. Es llamativo el alto nivel de xenofobia en el estado Sajonia, que formó parte de la República Democrática Alemana, cuya capital es Dresde. Es una de las regiones con una muy baja cantidad de inmigrantes. Apenas 2,5 por ciento de la población es extranjera comparado con el 13,5 por ciento en Berlín. El prejuicio es así, a menudo aflora con más fuerza en los lugares donde hay menor presencia del objeto del odio. Mientras menos se los conoce más simple es la demonización de grupos a los que se convierte en chivos expiatorios. El alemán August Bebel sentenció que “el antisemitismo es el socialismo de los idiotas”. Los calificó así porque en nada la persecución de los judíos alteraba al sistema económico imperante. Lo mismo ocurre con los inmigrantes acusados de una serie de males que poco tienen que ver con ellos y son resultado de una crisis sistémica.

A lo largo de todo el viejo continente se aprecia el avance de la intolerancia. El argumento para rechazar a los inmigrantes es que estos son buscadores de empleos que vienen a usufructuar de los sobrecargados sistemas de seguridad social. Un sector de la prensa no pierde oportunidad para explotar cuanta irregularidad es denunciada. Londres estudia una ley que penará con cinco años de cárcel a quien arriende una vivienda a personas que están sin sus documentos de inmigración en regla. Una encuesta mostró que 80 por ciento de los británicos es partidario de endurecer las leyes migratorias y las que permiten la entrega de beneficios sociales.

El eje de la política de la UE hacia los que buscan asilo o un futuro mejor, en alguno de sus 28 países miembros, consiste en evitar su arribo. Para ello montaron una operación de patrullaje marítimo destinada a rechazar las embarcaciones, cargadas hasta los mástiles, con refugiados. Es más, retiraron navíos y aviones destinados al rescate. Aplicaron una lógica inhumana: dejemos que se hundan algunas lanchas y rápidamente correrá la voz que el riesgo es demasiado alto. Ello detendrá el flujo. En cambio, si se les rescata seguirán viniendo en mayores cantidades y, de todas formas, perecerán más personas porque no todos serán socorridos a tiempo. Un enfoque errado pues pese a los naufragios aumentó el número de quienes arriesgaban sus vidas por abandonar la guerra y la miseria. Los flujos migratorios no serán detenidos en el mar sino que en tierra, anticipando los embarques.

Europa enfrenta un dilema, dadas las magnitudes de la expansión demográfica, que ya comparte Estados Unidos y otros países desarrollados: ¿puede avanzar la globalización económica sin incluir a las personas? En otras palabras las mercancías y los capitales pueden circular con libertad pero las personas no. La inequidad al interior de los países y a nivel internacional gatillan conflictos y aspiraciones que estimulan los flujos migratorios. Los gobiernos que han adoptado la filosofía económica neoliberal deberían aplicar, con el mismo fervor con promueven la libertad de los mercados, la libertad de las personas para vivir donde quieran y combatir el proteccionismo migratorio.

El espectáculo denigrante del campamento de refugiados en Calais, apodado  “la selva”, con improvisadas carpas y sin servicios sanitarios podría prefigurar una Europa que se degrada a sí misma. Culpar a los inmigrantes por la falta de empleos es ignorar que la robotización y las relocalizaciones han eliminado muchísimos más puestos de trabajo.  La pérdida de prestaciones sociales responde a la contracción de los recursos del estado. El pánico moral de ciertos sectores sociales ante una  amenaza a la  identidad cultural es, simplemente, negar que el cambio ocurre en todas las esferas. La llegada de los europeos a África y América transformó de manera radical a  ambos continentes.  Ahora, en un mundo globalizado, las naciones más ricas deben asistir a los refugiados como es su obligación. También tendrán que  convivir con crecientes corrientes migratorias. Es un hecho que las migraciones ya  alteran las sociedades a las cuales arriban. Pero impedir su llegada podría ocasionar trastornos más complejos aún. Ello ocurre en la actualidad  con el avance de las corrientes xenofóbicas que enarbolan las banderas de la intolerancia y el racismo. Hace solo 70 años Europa culminó una guerra que la sumió en el más profundo abismo en la historia humana. Entonces el supremacismo racial exterminó a millones de personas. Como dicen los propios sobrevivientes del holocausto: “Quien salva una vida salva a toda la humanidad”.  Por su propio interés las sociedades de la abundancia deben dar un trato humanitario a quienes,  obligados, llaman a sus puertas.

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