Así no podemos seguir

February 2, 2017

Incendios masivos y de una destructividad inédita. ¿Crónica de una tragedia anunciada? Si, definitivamente. Año tras año se baten récores de temperatura. A ello se suma que el país ha vivido un ciclo de ocho años de sequía. Aumenta la ocupación de los territorios por parte de densas plantaciones forestales y frutales. El incremento de la explotación turística de vastas zonas territorios agrega riesgos adicionales a una situación ya delicada. La abrumadora mayoría de los incendios forestales, desde siempre, son ocasionados por personas. Así, numerosos  factores combinados dan lugar a la tormenta perfecta que hoy vive el país.

Hace algunos días visité Santa Olga. La destrucción era notable. También lo era el coraje de los moradores con los que hablé. Varios testimoniaron que hace un par de décadas sufrieron un feroz  incendio y que siempre vivieron con el temor que volverían a enfrentar las llamas. Eran conscientes que la localidad estaba cercada por los bosques. En la construcción del pueblo no se respetaron las distancias mínimas entre las viviendas. Una ausencia del más elemental ordenamiento urbano y territorial. Algo que golpea tras cada uno de los frecuentes desastres nacionales.

Las tragedias avasalladoras suelen despertar nuestros peores temores. Así ocurrió con el terremoto del 27 F del 2010. Entonces se habló del “sicoseo” para aludir a las imaginarias hordas de asaltantes que acechaban a diversas poblaciones. Ahora una encuesta señala que 86 por ciento de los consultados cree que los incendios son provocados por manos anónimas. En las redes sociales proliferan las explicaciones. Ciertos derechistas afirman que los causantes son mapuche aliados con colombianos pertenecientes a las FARC. Para grupos de izquierdistas se trata de  atentados   provocados por las empresas madereras interesadas en cobrar seguros. Para sectores religiosos es la obra de satanás. Estas teorías tienen algo en común: carecen de la más mínima evidencia factual. No hay un solo dato concreto que las sustente. Son, hasta el momento,  simples y gratuitas especulaciones. De los detenidos, bajo sospecha de causar los fuegos, no se aprecia conexión alguna que permita establecer una intencionalidad ulterior. Lo que aparecen son personajes desequilibrados y los consabidos pirómanos que siempre han existido.

La gran lección, una vez más, es que más vale prevenir que curar. El grueso de la inversión debe destinarse a la prevención de incendios y otros desastres. Un pilar clave en este esfuerzo es la participación de la comunidad. La ciudadanía es la más interesada en velar por sus bienes y  seguridad. Las comunidades deben participar en la definición del ordenamiento territorial.  En este caso dónde estarán los límites seguros de las plantaciones. Cual habrá de ser el diseño de sus poblados y hogares. A los vecinos organizados les corresponde un rol activo en detectar peligros potenciales. Deben contar con los mecanismos fluidos para cooperar con las autoridades.  Una alarma oportuna puede evitar enormes desastres.

 

 

 

 

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