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El FBI descabezado

May 11, 2017 Comments off

El despido de James Comey, el director del FBI, levanta serias dudas sobre el proceder del Presidente Donald Trump. Es comprensible, sin embargo, que el mandatario estadounidense se sienta incómodo  con las indagaciones sobre sus relaciones con Rusia. El hombre que llegó a la Casa Blanca con el eslogan “América Primero”, que  proclama que cerrará las fronteras para impedir la llegada de inmigrantes, que se proyecta como un  líder patriótico, un nativista,  no puede tolerar que le imputen haber ganado la presidencia ayudado por  operaciones manipuladas desde Moscú.

El escándalo comenzó hace un año cuando se filtraron correos electrónicos de la campaña de Hillary Clinton. El mayor daño lo hizo una serie de mails  difundidos por WikiLeaks en los que ella aparecía defendiendo intereses de la gran banca, Wall Street como la llaman los estadounidenses. Según los partidarios de Clinton  agentes rusos entregaron el material a WikiLeaks. Incluso la candidata Clinton llegó a acusar a Trump de ser “una marioneta de Rusia”.

Las cosas empeoraron para Clinton cuando Comey, a once días de la elección, dijo que reabriría la investigación sobre el peligro que podían representar los correos filtrados. El FBI no solo está a cargo de investigar los crímenes cometidos a nivel nacional, federal, sino que también es responsable de la contrainteligencia, es decir de la detección de espías y colaboradores con potencias hostiles. En su momento Trump aplaudió a Comey por su coraje. Recién hace algunos días Clinton señaló a Comey como un factor clave en su derrota.

Comey, a su vez,  ordenó una investigación sobre los lazos de Trump y varios de sus más cercanos colaboradores con operativos rusos.  Uno de los indagados es el teniente general ( r) Michael Flynn, que tuvo que renunciar a su cargo, de consejero de seguridad nacional, luego que se estableció que recibió dineros rusos y faltó a la verdad cuando fue interrogado sobre ello.

Tanto Trump como Moscú señalan que las sospechas carecen de todo fundamento. Pero el inesperado despido de Comey, que se enteró de su abrupta cesación del cargo cuando se dirigía a miembros del FBI en Los Angeles, ha azuzado  las sospechas sobre el rol de Trump  en las manipulaciones informativas.  Ha trascendido que Comey venía de solicitar un notable incremento de personal y recursos para ampliar la indagatoria.

La oposición exige ahora el nombramiento de un fiscal independiente para que continúe la investigación truncada con la salida de Comey que se había convertido en un personaje impopular. Su desempeño era cuestionado por los demócratas encabezados por Clinton y recientemente por los republicanos. En otras palabras tenía pocos amigos políticos en Washington. En todo caso  improbable que Trump y los republicanos, que controlan ambas cámaras del parlamento, acojan la demanda del partido demócrata.

La relación de Trump con el inmenso y poderoso mundo de los servicios de inteligencia estadounidenses está severamente dañada. A no dudarlo vendrán nuevos enfrentamientos en el esfuerzo por aclarar los alcances de la “conexión rusa”. Un tema que está en el centro de la lucha de poder en Washington

Trump Presidente

November 10, 2016 Comments off

Muy pocos vaticinaron el triunfo presidencial de Donald Trump. Muchos, sin embargo,  sabían del malestar que embargaba a  numerosos estadounidenses.  ¿Cómo fue posible que tantos analistas no vieran lo que estaba ante sus ojos?  Más intrigante aún resulta el que casi la mitad de los votantes optaron por Donald Trump. En cifras absolutas la demócrata Hillary Clinton obtuvo más votos. Pero Trump consiguió más delegados al colegio electoral ¿Cuál fue la fórmula utilizada para vencer? Una parte de la respuesta está en su figura. Su estilo rupturista  le permitió, pese a ser un multimillonario que admite no  haber pagado impuestos, presentase como el paladín de los postergados. Sus ataques a los inmigrantes latinos y musulmanes contribuyeron a consolidar el apoyo de un núcleo de votantes blancos, de ambos sexos. Muchas mujeres desestimaron sus abusos. Una de ellas declaró: “A fin de cuentas no estamos eligiendo a un Papa”.

 

La adhesión a Trump fue ante todo emocional. Ninguno de los perjudicados por el sistema económico puede tener ilusión alguna que las cosas mejorarán con sus propuestas. Lo que se conoce hasta ahora es que adhiere a la vieja fórmula neoliberal: reducción de impuestos a los adinerados, desregulación, que es dar manga ancha a las empresas y limitar el rol del Estado. Esta es la receta que ha llevado a Estados Unidos a  la  situación actual en que la desigualdad ha crecido en forma constante en las últimas tres décadas. El 20 por ciento más rico de la población amasa 84 por ciento de la riqueza mientras  el quinto más pobre dispone del 0,1 por ciento. Un fenómeno que se agudizó desde 1980 con el Presidente Ronald Reagan. Una política que también fue aplicada en la Gran Bretaña de la Primera Ministra Margaret Thatcher. Asimismo, con gran entusiasmo, rigió las políticas del Chile dictatorial.

 

Trump ha logrado desviar el malestar por la inequidad para culpar a la globalización y su expresión concreta: los acuerdos de libre comercio. China es presentada como un competidor desleal. Pero se omite el hecho que, por ejemplo, la empresa estadounidense General Motors vende más vehículos en China que en Estados Unidos.  Acusa a los inmigrantes en situación irregular de deprimir los sueldos al trabajar por menos paga. Sus empresas han contratado legiones de estos mismos trabajadores. Trump ha circulado por los corredores del poder codeándose con la elite política, vanagloriándose de ello, lo que no le ha impedido denostarla explotando el descontento contra lo que muchos perciben como una casta política radicada en Washington. Una casta al servicio de la banca y  grandes intereses en detrimento del hombre común.

 

La pregunta en boga es: ¿hay un Trump con un discurso cargado de agresividad contra las minorías y otro más sobrio que empleará cuando asuma la presidencia? El tiempo dirá. Pero, por lo pronto, su corrosiva campaña contribuyó a polarizar  y legitimar prácticas aberrantes como la tortura. Las palabras no se las lleva el viento.

Obama y su política energética.

April 4, 2011 Comments off

Un Medio Oriente sacudido por turbulencias sociales. La energía nuclear impugnada por la debacle de los reactores atómicos de Fukushima. Estados Unidos recordará en pocos días, el 20 de abril, su mayor desastre ambiental: el estallido de la plataforma petrolera Deepwater Horizon y el enorme derrame de crudo en el Golfo de México. En esta situación inquietante el Presidente Barack Obama delineó su política energética en un discurso ante la Universidad de Georgetown, en Washinton la semana pasada. Destacan dos metas importantes: cortar las importaciones de petróleo en un tercio con miras al año 2025. También reiteró el objetivo de trabajar para que 80 por ciento de la electricidad generada, para el año 2035, provenga de energías limpias. Es decir aquellas que generen el mínimo de emisiones de gases de efecto invernadero.
En Estados Unidos, como en el resto del mundo, la primera y más rentable inversión es aquella destinada al ahorro y la eficiencia energética. En este sentido Obama ya se ha reunido con grandes empresas distribuidoras para señalarles la necesidad de mejorar el rendimiento de sus enormes flotas de vehículos. De hecho el gobierno fijará requisitos de ahorro más estrictos tanto para vehículos pesados como para los automóviles. También se adelantan nuevos estímulos para las energías renovables como la eólica, la solar y la geotermia que es importante en el país. Desde hace algún tiempo ya se considera la construcción de trenes rápidos en las regiones de mayor densidad poblacional.
Estados Unidos alcanzó su máxima producción petrolera a comienzos de la década del 70. Desde entonces el consumo no ha cesado de crecer mientras cae la producción. Con menos de cinco por ciento de la población mundial, los norteamericanos consumen cerca de un cuarto de todo el crudo del planeta. Ya en 1973 el Presidente Richard Nixon proclamó su “Proyecto Independencia”, destinado a garantizar la autosuficiencia en escasos años. Luego sucesivos presidentes norteamericanos reiteraron su voluntad de acabar con la adicción al petróleo. Pero uno tras otro entregó el gobierno con una quema de crudo superior al anterior. Después de Nixon, fue Ronald Reagan quien postuló la necesidad de: “Desarrollar nuevas tecnologías y mayor independencia del petróleo importado”. Luego, George H. W. Bush señaló que: “No hay seguridad para Estados Unidos si dependemos del petróleo extranjero”. Bill Clinton, por su parte, dijo que: “Necesitamos una estrategia energética de largo plazo para maximizar la conservación y, a la par, maximizar el desarrollo de fuentes alternativas de energía”. George W. Bush postuló que: “Debemos abandonar nuestra economía basada en el petróleo y hacer de nuestra dependencia del Medio Oriente algo del pasado”. Obama ya dijo en 2010: “Por décadas hemos sabido que los días del petróleo barato y de fácil acceso estaban contados. Por décadas, hemos hablado y hablado sobre la necesidad de acabar con la centenaria adicción americana a los combustibles
fósiles. Y por décadas, hemos fallado en actuar con el sentido de urgencia que este reto exige. Una y otra vez el camino ha sido bloqueado no solo por los lobbystas de la industria petrolera sino también por una falta de coraje político”. Está por ver si las iniciativas anunciadas por la Casa Blanca se cumplirán. El ejemplo de Washington de confrontar el problema es, en todo caso, más de lo que hacen algunos gobiernos sudamericanos incluido el chileno.